Intolerancia a la leche

La leche permite nutrir a nuestros hijos mientras aún no son capaces de digerir otros alimentos. Su composición rica en vitaminas, lípidos, glúcidos y proteínas la convierte además en un elemento indispensable para el posterior desarrollo infantil. Por desgracia, la intolerancia a la leche es un fenómeno frecuente en nuestra sociedad, fuente de preocupación para muchos padres y, sin embargo, de gravedad moderada.

Si bien cualquier componente de la leche puede ser responsable de intolerancia o alergia, destaca por su elevada incidencia la incapacidad de absorber lactosa. En efecto, esta molécula es un azúcar característico de la leche, que debe ser digerido en el intestino delgado por el enzima lactasa, rompiéndose en dos fragmentos, glucosa y galactosa, que sí son absorbidos por el epitelio intestinal.

Un mal funcionamiento de la lactasa impide la correcta digestión de la leche, produciendo una serie de síntomas gastrointestinales típicos como diarrea, flatulencias o cólicos abdominales. Aunque esta patología es relativamente frecuente, está especialmente presente entre individuos orientales, europeos del sur, árabes, judíos y de raza negra.

Existen tres tipos fundamentales de intolerancia a la lactosa:

  • La menos habitual es la intolerancia congénita, que se manifiesta precozmente
  • La intolerancia secundaria es consecuencia de alguna patología sufrida previamente, como una gastroenteritis, y suele solucionarse al cabo de unas semanas
  • La más habitual es una intolerancia de comienzo tardío, que se manifiesta cuando, tras el periodo de lactancia normal, la actividad de lactasa disminuye a unos niveles incompatibles con una dieta rica en leche. Esta última patología se mantiene a lo largo de toda la vida

No existe un tratamiento farmacológico contra la intolerancia a la lactosa. La solución habitual consiste en una reducción de la ingesta de productos lácteos. Sin embargo, hay que tener en cuenta que la supresión en la dieta de estos productos puede conllevar déficit de otros nutrientes, como calcio o vitamina D. Es por tanto muy recomendable consultar con un especialista para asegurarnos de que el niño esté recibiendo unas dosis nutricionales correctas a través de otros alimentos.

Otra solución consiste en consumir leche con cantidades reducidas de lactosa o proveniente de plantas (como la leche de soja). Por último, cabe la posibilidad de ingerir suplementos de lactasa, especialmente útil pues nos evita prescindir del consumo de productos lácteos.

El diagnóstico de intolerancia a la leche es bastante evidente, pues los síntomas gastrointestinales aparecen tras la ingesta de este producto. Sin embargo, existen pruebas médicas que permiten confirmar la patología: la prueba de hidrógeno consiste en la exhalación de aire en un globo y su posterior análisis, la prueba de sangre consiste en un análisis simple que mide las concentraciones de glucosa antes y después de ingerir lactosa.

En definitiva, debemos de tener en cuenta que el ser humano, en tanto que mamífero, está preparado para tolerar el consumo de leche solamente en sus primeros años de vida. En su etapa infantil y adulta no debería hacerlo, si bien la leche sigue siendo un cóctel nutritivo importantísimo en nuestra dieta. Tras siglos de adaptación hoy en día podemos disfrutar de la leche a cualquier edad, pero debemos entender las patologías de intolerancia como algo relativamente normal, de cómoda solución, y que debería preocupar a padres y afectados en su justa medida.

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